La falta de atención o el paradigma de la amnesia onomástica.

Me “hace bola” no recordar el nombre de la persona con la que estoy hablando. Me angustia más que ella sí recuerde el mío. Pero el súmmum del agobio es tener que presentar a esa persona a un tercero del cual tampoco recuerdo su nombre.


 

Hay personas de las que te puedo decir en qué trabajan, que hobbies tienen e incluso su lugar de nacimiento…pero, que me maten si me acuerdo de su nombre!.

 

En mi defensa diré que hay estudios que afirman que el nombre de alguien es el rasgo más difícil de recordar. Los nombres propios suelen ser muy communes y los muy bellacos se mezclan en nuestra mente interfiriendo entre ellos. Pero que parezcas un iditoa por no acordarte del nombre de una persona con la que llevas hablando varios días no hay estudio que lo disculpe.

 

Dispuesto a no parecer más, o por lo menos disimular, mi “iditoez”, desde hace un tiempo he puesto fin a esta amnesia onomástica. Para ello doy las gracias al profesor Josep Mª Albaigés  que aporta la solución con el simple hecho de aplicar estas dos normas:

ATENCIÓN y FIJACIÓN.

Primero prestar atención al nombre cuando lo escuchamos por primera vez. Parece obvio pero muchas veces se pasa por alto y sobre todo cuando presentan rápido, supongo que porque el que lo hace tampoco se acuerda de todos los nombres.

  • Oswaldo te presento. Estos son: Paco, Ju…., Diana, Mirjaja, Pxsco… y Mpsian.- Eso es, exactamente, lo que yo entiendo.

 

De un tiempo para acá me he planteado que si no he entendido bien un nombre, pido que me lo repitan. A nadie le parece mal que se interesen por algo tan personal como su nombre a no ser que se llame “Chochi Loca”. En ese caso seguro que no se me olvidaría.

Repetirlo durante la conversación ayuda a retenerlo. Sin caer en la exageración. Abusar de la repetición resulta inquietante. En general.

 

Para fijar en mi memoria el nombre de la persona con la que estoy hablando por primera vez me busco alguna relación directa de su denominación con sus rasgos físicos como si tuviera que describírselo a la policía para hacer un retrato robot.

Puedo concluir que desde que sigo estas normas no solo me acuerdo de todos los nombres de las personas que me presentan si no que soy un testigo policial “cojonudo”.

 

 

 

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